Oficialmente ex forra
Iba a ser mala, pero mejor no
Con un alto grado de crueldad, cada párrafo se deshacía en observaciones “agudas” sobre la práctica del running, ridiculizando con gusto al cardumen de corredores que pueblan las ciudades con sus gorritas y riñoneras. “¿Por qué los runners son infelices?” era el título de mi estudio antropológico sobre la tribu de urbano-atletas, donde sometía a juicio sus altos índices de consumo de geles, cintas, sales y vestimenta color flúo.
Pensaba publicarlo hoy, el mismo día en que corrí 21 kilómetros en el Maratón Internacional de Mendoza.
Era un artículo ácido. Hablaba sobre la insistencia de los runners con las molestias en los isquiotibiales, rodillas y hombros, y sobre como, en el fondo, disfrutan del estar lesionados, porque les otorga algún punto por el que sublimar su insatisfacción generalizada con la vida.
Era innecesario, también. A nadie aporta leer párrafos y párrafos sobre la locura que arrebata a los runners, impulsándolos a comprar una cantidad de chirimbolos que decoran y complejizan lo que es, esencialmente, un deporte sencillo. Y no es que no tenga razón: los baños de hielo para los corredores amateur son bastante de banana (es como si alguien contratara una sesión de masajes después de jugar un fulbito tranqui mid week). Pero eso no quita la verdad más sólida: mi escrito despilfarraba energía y atención en despotricar contra algo… que no me compete.
La psicología del hater
“I love the way it feels to be a hater
Something so sweet about thinking that I'm better”
(Me encanta cómo se siente ser un odiador / Hay algo tan dulce en pensar que soy mejor.)
La canción “Hater´s Anthem”, de Infinity Song, lo explica muy bien: hay algo de goce en el acto de ridiculizar un consumo popular.
¿Qué es, exactamente, un hater? A grandes rasgos, es quien siente un desagrado profundo, despachado en una actitud de “posicionamiento crítico”. Generalmente, el hater desdeña lo masivo (música mainstream, películas taquilleras, prácticas comunes). Por deporte: rechaza a priori, por las dudas, y con un alcance más bien generalizado.
Lo que lo caracteriza es su insistencia con el tema. No es que hay algo que al hater simplemente no le gusta: mucha de su energía, conversación y atención está dirigida al objeto de su encono. El ímpetu con el que se dedica al desglose de aquello que detesta hace pensar en aquella sentencia barrial: “el amor y el odio son dos caras de la misma moneda”.
Los beneficios de ser un pelotudo
Durante un tiempo, existió una aplicación de citas llamada “Hater”, que conectaba a personas en base a sus desagrados comunes. La premisa de la app es que el odio y el rechazo unen, y que pueden configurarse buenas relaciones a partir de su explotación.

Es una observación relativamente acertada: hay tanta o más pasión en los gestos de quien atenta contra lo que odia que en los del que habla de lo que ama. La existencia de aquello que se hatea resulta insoportable, y la única forma de descargar ese sentimiento es a través de un voluptuoso despotrique. En el caso del hater, encubierto de una acidez que evidencia una superioridad de juicio: lo que le gusta a muchos no le gusta a nuestro sujeto, más preparado, más inteligente. Más gil.
“Just as long I've got my ego
And it tells me I'm superior
I could probably go a lifetime
Being barely mediocre
I'd still convince myself every time that I'm better”
(En la medida en que cuente con mi ego / Que me dice que soy superior / Probablemente podría pasar toda una vida / Siendo apenas mediocre / E igualemente me convencería a mí mismo de que soy mejor)
La creatividad pide acción. Para hacer, es preciso el movimiento: de energía, de intelecto, de contexto. El acto de hatear, por el contrario, carece de capacidad creadora. No se hace nada cuando se odia; el sujeto se posiciona sobre lo que ya está y lo que ya es, y se distingue de ello. ¿Por qué?
Porque la vara entonces no se coloca en la actividad propia, sino en la del otro. El hater se juzga a través de ello que odia: desde los lentes de lo que considera inferior, naturalmente aparecerá más grande. Y ello, sin hacer nada: basta con que se deshaga en burlas para dibujar su superioridad. Para ser un eximio corredor, hay que entrenar, medir el progreso, etc; para ser una picudita que critica desde la comodidad de un lienzo en blanco, no hay que ser ni hacer nada. El primero se mide según su propia vara, la segunda lo hace desde el otro, empujándolo hacia abajo para sentirse en la cima.
E má fácil.
Cuando acecha la humanidad
Estaba casi listo. Y si bien me divertían los pasajes en los que me burlaba de la cantidad de divorciados que chupan geles y compran zapatillas con suela de carbono, faltaba un remate: el problema. ¿Cuál hay con la cantidad de objetitos que compran los runners? Puedo suscribir o no, pero: ¿por qué me importa?
Era la pieza crucial: sin la detección de un perjuicio, lo mío era simplemente una crueldad. No había necesidad de burlarme; los runners (consumistas y manijas, sí) están haciendo uso de su plata y de su tiempo. Maldición, va a ser un día hermoso: ¡Dios nos libre de la gente que es feliz haciendo la suya!
Y pensé: el acto de correr es muy estúpido. Esencialmente, se trata de desplazarse lo mejor posible desde un punto A a un punto B. Completamente absurdo… Al igual que tantas otras cosas. Servir un plato de comida con cierto esmero estético, ponerle nombre a la mascota, hornear una torta en los cumpleaños: ¿para qué, si nos vamos a morir? Entrenar por meses para correr una cantidad determinada de kilómetros: ¿para qué, si nos vamos a morir?
Vivir: ¿para qué, si nos vamos a morir?
Resulta que no hay un para: hay un por. Lo que nos distingue como seres humanos es la decoración del paso por este plano: necesitamos llenar de significado algo tan disparatado como el nacer y luego morir. Y por eso escribimos, hacemos amigos, compramos cosas. Corremos.
El tinte heorico con el que se despachan los mensajes en el mundo del running me causaba gracia, hasta que me di cuenta de que sí hay algo de hazaña en semejante bobada. ¡Nos vamos a morir, y hay gente que sale a practicar cómo correr más rápido! Es un delirio, y es admirable.
Iba a ser mala pero mejor no
Hoy a la mañana, en la largada de la carrera, me sentí orgullosa de miles de extraños. Gente con brillitos en los pómulos, grupos de amigas que salían juntas, personas que se detenían a sacarle fotos al amanecer; la euforia generalizada era claramente producto de algo más que la perspectiva de correr veintiún kilómetros… Aquello era una celebración de la intrascendencia. Aun sabiendo que todo esto termina en algún momento, los runners, a los que tontamente critiqué por su ingenuidad, eligen emocionarse por pavadas. Es maravilloso.
Decidí cambiar de estrategia: en vez de publicar un escrito venenoso, en el que espejo quién sabe qué inseguridad en un grupo de gente que está haciendo algo que le hace feliz, publico esto. Para felicitar a cualquiera que cuelgue un cuadro, se hidrate la piel y riegue las plantas.
Requiere mucha valentía saber que somos finitos, y aún así despertarse y elegir honrar a la especie humana.




Muy crack